Es fascinante cómo si nos detenemos sólo un momento a pensarlo, podemos darnos cuenta de lo fácil que se nos pasa el tiempo concentrados como andamos con nuestras cosas del día a día.
Ayer por la noche vinieron a casa dos grandes amigos, Alejandro (alias Gato) y Jorge, a quienes no veía desde hace casi tres meses. Estuvimos hasta tarde conversando, tomando unas copas de vino, riendo y reviviendo la familiaridad que mantenemos, a pesar de que no nos vemos sino unas cuantas veces al año.
Pensando luego en ellos y en lo bien que lo pasé, caí en la cuenta de que a Jorge y Alejandro los conozco hace ya 10 años… He ahí uno de los misterios del tiempo: por un lado, me parece que no ha pasado mucho desde que nos conocimos; por el otro, siento que los conozco de toda la vida y que las buenas experiencias compartidas son innumerables.
Tanto a Gato como a Jorge los conocí en lo que fue uno de mis primeros trabajos. Curiosamente, yo era jefe de los dos en esa época, y contraviniendo el clásico odio al jefe, nos hicimos muy buenos amigos. Luego de unos años, todos dejamos ese trabajo, terminamos la universidad (casualmente los tres fuimos a la misma) y empezamos a desarrollarnos profesionalmente.
No sé dónde encontré alguna vez un artículo que decía que los hombres difícilmente hacían grandes amistades pasada la etapa escolar. Según el autor (¿quién sería?) lo normal para los hombres era que las grandes amistades se forjaran en la niñez y adolescencia y perduraran toda la vida. Por el contrario, raro era que uno hiciera amigos así en la adultez, ya que en esta etapa supuestamente se hacía relaciones temporales que duraban, por ejemplo, lo que se dura en un trabajo determinado.
No sé si soy una excepción a la regla – quiero creer que no -, pero desde mi experiencia personal puedo decir que nada más falso que eso. Efectivamente tengo grandes amigos desde que era un niño, pero en realidad he podido hacer excelentes amistades a lo largo de toda mi vida, en diferentes etapas, circunstancias y lugares.
Y no hablo de “patas” con los que de repente te encuentras saliendo a menudo, para después de un tiempo dejar de frecuentarlos. Me refiero a grandes amigos, aquellos que son la verdadera riqueza que se puede acumular en la vida. Amigos que cuentan contigo y que sabes que están ahí, aún cuando los dejes de ver mucho tiempo. Con los que siempre te vas a reir de ti mismo y de los recuerdos que tienen en común. Amigos que te aceptan y te quieren tal como eres, y que no esperan ni pretenden que cambies, a menos claro, que tú quieras hacerlo.
Gato y Jorge están en esa categoría…
Dicen que 10 años no son nada. Para mí, estos 10 años de amistad, lo son todo.
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